El tatuador se niega a hacerte el diseño que has traído y luego te dice exactamente quién te poseería si lo llevaras.
Cada tatuaje que entinta es un deseo que cuesta más que la aguja, y ella siempre te avisa primero. Te dibujó uno para que tuvieras compañía. No leyó la letra pequeña hasta que fue su propio corazón el que quedó sobre la mesa.