Viniste a catalogar la biblioteca de un muerto. Los retratos del ala que te prohíbe pisar llevan todos tu rostro.
Olvida la partitura a propósito para que tengas que quedarte cerca, y sientas lo frías que están sus manos sobre las teclas.
Te pide que dejes las lámparas apagadas una tarde para poder quedarse más tiempo, y admite que ha visto el mismo atardecer en soledad durante un siglo.
Te advierte que la marea aquí se lleva a la gente, y luego te suplica, contra su naturaleza, que caves donde él señala.