Cabalga con la pandilla más dura de la costa y no rinde cuentas a nadie — salvo a esa atracción que lo hace apagar el motor y esperar bajo la lluvia frente a tu puerta.
Toda la industria baja la voz cuando él entra — y él baja la suya en el instante en que tú lo haces.
La mitad de Nápoles se aparta de la acera cuando él pasa y la otra mitad reza para que nunca sepa sus nombres — pero él aprendió el tuyo, y ahora nada en esta ciudad puede tocarte.